domingo 27 de diciembre de 2009

El secreto de esos ojos


El argentino, no el italiano. Todos la habían puesto por las nubes, pero desconfiaba del último producto de Campanella (el director de cine, no el filósofo) precisamente por los supuestos méritos de sus obras anteriores. El mismo amor, la misma lluvia (1999), Luna de Avellaneda (2004) y, sobre todo, El hijo de la novia (2001) despertaban entre las comadres y las personas de buenos sentimientos cascadas interminables de adulación: qué película tan bonita, qué bien están los actores, qué citas a Cortázar, qué reflejo más emotivo de ese pasado de sangre y cenizas que asoló la Argentina de los setenta... A mí lo que me pareció es que, por debajo del talento innegable de un grupo de actores (Ricardo Darín, Soledad Villamil, Eduardo Blanco) y de los hallazgos de tres o cuatro diálogos o situaciones dramáticas, Campanella se dedicaba a explotar sin pudor los peores clichés sentimentales con que cuenta el acervo cinematográfico, bastante manoseados ya, por otra parte, por cierto cine italiano (Cinema Paradiso y afines). Sin embargo, anoche, cuando me senté a ver El secreto de sus ojos, encontré un trabajo pulido, eficaz, bien hecho, convincente y sin concesiones a las glándulas más húmedas de la anatomía humana, que, sin segundas, se encuentran en torno a los globos oculares. En fin, qué carajo, que me gustó. Y mucho.


¿Y por qué? Hombre, la tendencia algo ñoña a los buenos sentimientos sigue ahí, sobre todo en la relación entre los dos personajes principales, pero ni Darín ni Villamil permiten que la cosa se les vaya de las manos, o de los diminutivos, y toda la crónica de amor imposible o postergado transcurre en un elegante tono elegíaco, casi de oda de Horacio. La combinación de dicho romance o anti-romance con la trama policíaca del primer plano resulta impecable; y conforme la película se desarrolla asistimos al que probablemente es su mayor acierto y uno de los logros más difíciles de obtener por cualquier contador de historias: soldar de modo coherente y sin que nada quede colgando la, llamémoslas así, parte cóncava y parte convexa de la historia, o vertical y horizontal, externa e interna o cuantos contrarios se os ocurran. Cosa que en conclusión se reduce a esto: que la intriga policíaca no parezca un mero adosado a las vivencias particulares de los protagonistas y que, al cabo, la resolución del enigma de una muerte sea también el hallazgo de la clave que permite al personaje central rehacer su vida o darle el rumbo adecuado. En ese sentido, El secreto de sus ojos contiene una reflexión (qué serio, qué bueno que digan esto de cualquier obra de ficción, que contiene reflexiones, como si en vez de un cuento fuera las meditaciones de Santa Teresa) sobre la violencia, la justicia, la venganza, el amor y el tiempo. Aunque bien es verdad que la película merece la pena sólo por presenciar el trabajo de sus secundarios, seguramente el verdadero punto fuerte de Campanella (aquí, el impagable Guillermo Francella, que hace de Pablo Sandoval).


Dream, dream, dream. Por lo demás, desearos a todos un felicísimo 2010 colmado de aspiraciones resueltas. O mejor, con posibilidades satisfactorias de resolverse: que sueño que se cumple es sueño que se acabó y siempre es mejor seguir soñando. Abrazos.

sábado 19 de diciembre de 2009

El primer género literario


Mi talento secreto. Hay personas a las que les resulta sencillo hablar idiomas; a otras se les da bien el dibujo; la constitución física o psicológica de unos terceros les permite el sentido de la melodía; yo tengo facilidad para soñar. Observo que no todo el mundo sueña lo mismo, ni en cantidad ni en calidad, y que tanto en uno como en otro grado yo debo de andar por cifras de libro Guiness. Quizá el hecho de dormir con dificultad (me cuesta la propia vida cerrar los ojos, y una vez hecho me veo constantemente acosado por pies y dedos que se quedan sin circulación, espasmos repentinos, sudores, frioleras, qué sé yo) haga necesario a mi organismo recurrir a ese tipo de entretenimientos, quizá simplemente porque la textura de mi cerebro, siempre proclive a la fantasía, no puede cesar de presentar imágenes sin remedio: el caso es que sueño con enorme profusión y, aun a riesgo de caer en la autocomplacencia, creatividad.


Inútil servirse de redes o frascos. Esto me ha permitido reparar en varias cosas. Primera, lo difícil que resulta capturar un sueño; es decir, retenerlo, guardarlo en un bote, disecarlo en la memoria. Perdonadme otra vez, pero soy capaz de jurar solemnemente que he vivido sueños que sólo podría tildar de verdaderas obras maestras: he conversado con Borges, Obama y hasta el mismísimo Dios (que se parecía a Orson Welles); he visitado la Roma de los césares y el Egipto de Cleopatra; he vuelto a ver a mi abuelo, al que quería mucho, y he aprendido los misterios de la composición de parte de los mismísimos Bach o Mozart, en ciudades que se parecían a Berlín o Viena salvo por pequeños detalles de atrezzo. El problema es que, pasados apenas quince o veinte minutos del final de la función, una vez despierto, tan fantásticas visitas y diálogos acababan por esfumarse como la niebla matutina en las oquedades de mi cráneo. A veces, para preservarlos, los he anotado en esquinas de papel o páginas impares de cuadernos que finalmente acababan por perderse, con justicia poética, igual que las visiones a las que servían de recipiente. Por eso me encanta interrogar a quienes me rodean si han soñado esa noche y, de ser así, qué han visto. Quizá hayamos estado en los mismos lugares y conocido a los mismos fantasmas.


El sentido del sinsentido. Otra constatación que he realizado es que los sueños tienen sentido. Quiero decir, que pretenden decir algo, aunque eso que quieren decir, y perdón por el retruécano, sea un completo sinsentido. Los sueños poseen una estructura, un esqueleto, e hilan sucesos y personajes en un armazón, muy probablemente azaroso. Es como si nuestro subconsciente echara sobre un tapete cosas que no guardan ninguna relación entre sí (pero que nos han ocupado o preocupado durante la estación de vigilia) y luego se aplicase a buscar una ilación entre ellas, la primera que pueda surgir. Ese es el motivo de que, en la mayor parte de los casos, la historia que cuentan los sueños sea enigmática o disparatada; pero también de que, a veces, por pura chiripa, sean responsables de verdaderos descubrimientos. Más de un artista señero ha topado con un argumento irresistible en el fondo de la noche, y hasta científicos ha habido que se dejaron aconsejar por su almohada: conocidas y citadas hasta la saciedad resultan las anécdotas del Kubla Khan de Coleridge, que al parecer le fue dictado por una voz anónima mientras dormía, o de Mendeléiev, que concibió la ubicua tabla de elementos químicos sesteando sobre su pupitre. Todo lo cual me conduce a una conclusión que no es nueva pero sí seductora, o eso creo: que el sueño es el más antiguo género literario que existe; el más espontáneo, desinhibido, esencial; el más inocente; el primero.

sábado 12 de diciembre de 2009

La víctima de los sentidos



Historia de una mutilación. La editorial Atalanta, ese delicioso capricho que se han permitido el conde de Siruela y su eginética señora, Inka Martí, acaba de subsanar una omisión muy lamentable en la historia editorial española: ha publicado, íntegra, sin cortes ni enmiendas, la populosa Historia de mi vida de Gian Giacomo Casanova. Encuentro el acontecimiento de lo más feliz, aunque muy probablemente tan egregia versión no termine por ocupar espacio en mis estanterías (hablamos de 120 euros de exquisitos márgenes y papel libre de productos químicos); y lo digo porque mi afición por la vida de Casanova, uno de los autobiógrafos más refrescantes y lúcidos que han existido y uno de los mejores retratistas del siglo en el que le tocó vivir, me llevó en su día a recolectar la mayoría de las versiones, todas lisiadas, de que disponía hasta ahora el lector en castellano. Obran en mi poder volúmenes huérfanos de la traducción de Ana María Aznar para Cupsa Editorial (Madrid, 1977), luego reeditada en la colección de quiosco de La Sonrisa Vertical en los años ochenta; y la deliciosa y revenida presentación en dos volúmenes de EDAF para su colección “El arco de Eros”, vertida en su mayoría por traductores sudamericanos (Buenos Aires, 1962). Todas ellas me hacían soñar con la monumental edición de Brockhaus-Plon de 1960-62, o con la de Livre de Poche que en cuatro tomos recogía la integral de los textos biográficos del autor; pero ante las imposibilidades financieras me conformé con el modesto aperitivo que ofrece Gallimard en Folio Classique (Préface de Jean-Michel Gardair, antología anotada, con estudio y bibliografía, París, 1986). Los legos han de saber que esta versión francesa es la original, porque Casanova escribió sus memorias en el idioma de Voltaire (a quien admiraba y denostaba a mitades iguales) y no en el vulgar dialecto de los labriegos de su tierra: el francés era la lingua franca del XVIII, seguiría siéndolo durante el XIX y constituiría patrimonio de persona culta hasta el bárbaro siglo XX y el Plan Marshall. Para convenceros: las largas conversaciones francófonas de Guerra y paz y La Montaña Mágica.


Pero, ¿de veras merece la pena acercarse a Casanova? De todo punto, sí. La posteridad, con ayuda de algunos libertinos mal orientados, de Federico Fellini y Donald Sutherland, nos ha hecho creer que este señor era un calavera cuya única y exclusiva ocupación consistía en evaluar la geometría de la vulva femenina y de elaborar un censo de sus variantes: lo cual es cierto, pero como todo lo cierto sólo en parte. Hoy nos admiraría saber que en su época Casanova se presentaba a sí mismo como filósofo (y al menos era tan filósofo como el otro calavera de Fernay), y que es autor de novelas eruditas, ensayos y disquisiciones sobre temas varios, siempre escritos en lengua culta (latín o francés): a su pluma pertenecen títulos del jaez de la Solution du problème déliaque (Dresde, 1790), obra de matemática profunda sobre un asunto que había suscitado la atención de sir Isaac Newton, o de Icosameron, o Historia de Eduardo y de Isabel, que pasaron ochenta y un años entre los Megamicros, habitantes aborígenes del Protocosmo en el interior de nuestro orbe (Praga, 1788), fábula ésta última que polemiza sobre la noción de incesto y sus implicaciones. Pero, evidentemente, lo más sabroso de la cantera de Casanova son sus productos memorísticos; y no sólo la famosa Histoire de ma vie (cuya primera edición, póstuma y ya amputada, data de 1821), sino otras joyas menores como El duelo (un estudio de psicología espléndido que en España editó Bruguera allá en el 1988) o Huida de las prisiones de Venecia llamadas Los Plomos (consultar la coqueta edición castellana de Valdemar, 1996). En todas ellas, Casanova se presenta como lo que realmente es: un cronista escrupuloso, irónico, atento a su tiempo, recogedor de anécdotas, incansable coleccionista de amantes, sí, pero también de personajes curiosos, de aventuras de toda laya (lo mismo esotéricas que militares o amorosas), y, sobre todo, un excelente protagonista literario. Resulta imposible no enamorarse de él cuando espiga aquí y allá, a lo largo de su texto, confesiones personales que nos lo retratan en toda la intimidad de su camisón; el prefacio a la Histoire de ma vie supone todo un tesoro al respecto:


“A pesar del fondo de excelente moral, fruto necesario de los divinos principios enraizados en mi corazón, he sido toda mi vida víctima de los sentidos; me agradó el descarrío, viví continuamente en el error, sin otro consuelo que el saber que estaba en él” (edición de EDAF, vol. I, p. XXII).



En conclusión. La Vida de Casanova se encuentra al mismo nivel de otras joyas de la memoria de la historia de la escritura: todos esos textos en que un hombre busca justificación o amparo del juicio de la posteridad en un tono próximo a la confesión, pero trufado con la ironía y la autoindulgencia que da la distancia en el tiempo: hablo de la Vita de Benvenuto Cellini, de las Memorias de Lorenzo da Ponte, del Cuaderno Rojo de Benjamin Constant. Horas y horas de lectura sin precio, que no agotan ni siquiera 120 euros.

domingo 6 de diciembre de 2009

Con la música a otro mundo




De todo un poco. Muchos son los temas que podría abordar el Testigo Ocular a la hora de rellenar su post de la semana, pero si las cuestiones sobre las que escribir se reproducen con la misma facilidad que los virus en febrero, no sucede lo mismo con el tiempo apropiado para tratar cada una de ellas por separado y con la importancia que merece. Así, podría disertar sobre la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, la única feria en la que de veras merece la pena perderse, y de los títulos, siempre estrambóticos y apasionantes, con que este año me he hecho; podría confesaros a qué voy a dedicar parte del dinero que he recibido por mi último premio (lo creáis o no, voy a cumplir un sueño de infancia: comprarme un Halcón Milenario de 75 centímetros de eslora); podría hablaros del insigne Tomasito y de su último, desarmante elepé, Y de lo mío, ¿qué?, que contiene una versión imprescindible del Back in black de AC/DC y al que esta semana Babelia dedica toda una página a cuatro columnas, como si fuera alguien serio. Pero no: finalmente me he decantado por un obituario. Al fin y al cabo, morirse es un acontecimiento importante en la vida de todos: no caben ensayos previos.


Música, maestro. El fallecido es uno de los musicólogos más importantes de las últimas décadas, al menos en relación con el período, o uno de los períodos, que más me interesa: el clasicismo vienés de la segunda mitad del XVIII. Hablo del norteamericano Howard Chandler Robbins-Landon, que dejó de vivir hará cosa de unos días en su castillo de Foncussières. Leyendo por encima su biografía, uno advierte que se trataba de esos tipos escépticos, despreocupados, elegantes y cultísimos en que el mundo anglosajón fue tan pródigo en el siglo pasado, y a cuyo grupo fantaseo perpetuamente con pertenecer cada vez que echo un vistazo (otro vistazo, nunca el último) a Brideshead revisited (la serie de Granada, claro, no la película). El elenco podría contar entre sus miembros, por ejemplo, con el propio Evelyn Waugh, Robert Graves, Cyril Connolly, Patrick Leigh Fermor, y otros exquisitos poetas diletantes de la literatura clásica y la homosexualidad prerrafaelista. Después de una desastrosa carrera como pianista, Robbins-Landon decidió dedicarse a los estudios musicológicos; para ello tomó como objetivo un compositor maltrecho y prácticamente anónimo en sus días, Franz Joseph Haydn. De él se tenía por entonces la vaga noción de que había patentado la sinfonía en su esquema estándar (cuatro movimientos, forma sonata, etc.), así como el cuarteto de cuerda, pero su obra carecía de un catálogo solvente y ordenado que permitiera ubicar cada partitura y establecer sus vínculos orgánicos con el resto. Robbins-Landon consagró su vida a poner orden en aquel guirigay: le cabe el honor, junto a Anthony van Hoboken (que da nombre al actual catálogo Haydn) de haber vuelto del revés, sacado el polvo y depositado en sus correspondientes estanterías toda la producción del compositor (que no es poco: hablamos de casi mil números de censo). Por lo demás, y a pesar de que acabamos de concluir el año Haydn, las grabaciones del maestro siguen igual de maltratadas (honrosas excepciones: la Haydn Edition de Brilliant a la que ya dedicamos un post en su día), pero esa es otra historia.

Nuestro santo patrón. Concluidas sus obligaciones con Haydn, Robbins-Landon (en adelante, RL) pasó a sus devociones: a Mozart. Los amantes de Mozart somos una especie de tribu secular cuyos integrantes nos reconocemos de lejos y que solemos hacernos signos secretos para destacarnos entre la multitud. Desde que leí el primero de los libros de RL, yo supe que él pertenecía a mi clan (como tantos otros: Alfred Einstein, Woody Allen, Schopenhauer). Los trabajos que dedicó a Mozart se encuentran entre lo más recomendable que puede consultar cualquiera que desee hacer luz sobre la vida o la labor del compositor, tanto para el aficionado como para el especialista: amenos, directos, sin renunciar tanto a la profundidad como al entretenimiento, consiguen reconstruir al hombre de carne y hueso y aquilatar en su justa medida la importancia de sus aportaciones al universo de la evolución musical. El más conocido de sus títulos al respecto es 1791. El último año de Mozart (Siruela, 1995), que retrata los meses finales del salzburgués y el montón de maravillas de que fue teatro (el concierto para clarinete en la, la Sinfonía Júpiter, La Flauta Mágica, etc.), y convertido por los azares del mercado en misterioso best-seller. Por la misma senda transita Mozart: los años dorados (Destino, 1991), donde se describe la década prodigiosa de 1780-1790, generosa en obras maestras (desde la trilogía con Da Ponte hasta los monumentales conciertos para piano, los cuartetos dedicados a Haydn, etc.). Pero sin embargo, el libro más curioso de RL dedicado a nuestro santo patrón no es ensayo, sino novela: en España lo publicó Destino en 1994 con el título Mozart: una jornada particular. Describe un día cualquiera en la vida del artista, lo mismo los ratos en que componía tríos encima de la mesa de billar que el jugueteo con sus hijos y esposa; el resultado se halla bastante próximo a otro pastiche mozartiano de rancio abolengo, el Mozart camino de Praga de Eduard Mörike.


Requiescat. Querido Howard Chandler, descansa en paz y disfruta de la armonía de las esferas, tú que puedes.

viernes 27 de noviembre de 2009

Cuéntame un cuento


El laurel. Queridos todos: por la presente os informo de que vuestro atento Testigo Ocular se ha alzado con el VI Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz, que honra al mejor libro de cuentos presentado en lengua castellana de cualquiera de los países del antiguo imperio sobre el que no se ponía el sol. Los curiosos podrán obtener más información sobre el fallo si pinchan justo aquí. Me gusta lo que señala el acta del jurado, porque parece (pero tal vez sólo lo parece) que uno se aproxima poco a poco a ese ideal lejano y brumoso que se propuso el día en que comenzó a escribir: alaba “la fortaleza y singularidad del estilo, una solidez que en ningún momento riñe con la amenidad, y una visión de la literatura deudora de una tradición muy amplia, que va desde Lovecraft hasta Borges, sin excluir referentes de la cultura de masas, como el cómic o el cine”. Yo no lo habría dicho mejor, la verdad.


Sesión continua. Bueno, en realidad es una noticia muy agradable porque gracias al premio publicaré mi primer libro de cuentos. Aunque no os lo creáis, yo siempre me he considerado a mí mismo más escritor de cuentos que de otra cosa, porque mis autores favoritos son cuentistas (Borges y Lovecraft, sí, y además Cortázar, Monterroso, Poe...), empecé haciendo cuentos y los cuentos es lo que uso como banco de pruebas de las ideas de las que cabe sacar algún partido: en ellos está el laboratorio privado del doctor Jekyll. Seguramente, lo más personal y laborioso que ha salido de mi fábrica han sido esos textos; pero luego llegaron el mercado, las exigencias editoriales, el triste porvenir comercial de obras con menos de cien páginas, bla, bla, bla, y heme aquí con seis novelas a las espaldas. Pero todo puede remediarse: siempre he preferido la miniatura al gigantismo y el susurro a las voces. Así que no hagáis mucho ruido: hacia febrero, si los hados y las imprentas son benévolos, Sesión continua (así se llama el neonato) tratará de deciros algo al oído. Id comprando trompetillas, por si las moscas.

jueves 19 de noviembre de 2009

Mecánica, alquimia y ciencias afines



A veces me preguntan qué influencia tienen mis experiencias per

En el principio era la letra. A veces me preguntan qué influencia tienen mis experiencias personales en lo que escribo, y yo, sincerándome, respondo que poca o ninguna: mis libros suelen proceder de otros libros. Quiero decir: que lo que escribo viene motivado no por algo que me ha sucedido al subir al autobús, o al hablar con el camarero del bar en que desayuno, o cuando mi hijo me hace recoger la pelota de debajo del aparador, sino por algo que he leído. Es como si un libro previo desovara dentro de mí y generara un libro nuevo: como si los libros se reprodujeran y crearan otros libros sirviéndose del conducto de mi imaginación. Obviamente, esta declaración exige sus matices. Por mucho que yo pretenda lo contrario o no le conceda importancia, las vivencias están ahí y el autobús, el camarero y la pelota de mi hijo pasan a formar parte tan inconsciente como imprescindible de la literatura que hago; sólo que eso sucede en forma de trasfondo, como material de acarreo: la arquitectura y los cimientos, o la escena principal, siempre provienen de un libro. Hace un par de posts cité, mal, a Valéry diciendo que el mundo existe para convertirse en un libro; ahora podemos parafrasear ese aforismo, que en realidad es de Mallarmé, y agregar que el mundo también procede de un libro. La cábala hebrea sugiere que el entero universo es un texto compuesto por la infinita destreza de Dios sirviéndose de los veintiocho caracteres del alfabeto hebreo; para el Islam, el Corán, o Libro de la Revelación, es un atributo esencial de Alá como Su Sabiduría o Su Omnipotencia: es decir, que el Corán existía antes de que el mundo fuese creado y lo sobrevivirá cuando le llegue la aniquilación. In principio littera erat.


Irrealismo. Aquí me coloco de golpe en medio del denodado debate entre quienes discuten si la literatura debe escribirse frente a la ventana o frente a la chimenea; si ha de inspirarse en la vida misma, y elucidar sus misterios, o volverle la espalda e idear una realidad alternativa; si ha de repetir aburridamente lo que ya sabemos (el autobús, el camarero y la pelota) o añadir cosas, personajes, situaciones nuevas; si ha de ser, en fin, La comedia humana o Las mil y una noches. Supongo que a mí se me ve el plumero desde lejos y que no necesito posicionarme de modo expreso. Aun así, lo hago: me jacto de practicar una vertiente de la literatura que, a falta de mejor etiqueta, califico de irrealismo. Me gustan los libros cuanto más alto vuelen, cuanto más inventen y más difícil resulte reconocer el mundo que se entreteje por debajo de sus párrafos: adoro las aventuras en países exóticos, las biografías de hombres muertos, las especulaciones más abstractas, el ilusionismo, la mentira, las nubes, los astros. Concedo a la literatura el poder de hechizar: el libro que amo ha de transportarme, tanto en el sentido que daría a ese verbo un conductor de Tussam como una estrofa de Santa Teresa; el libro ha de ser una ratonera por donde huir del punto exacto del espacio y el tiempo al que el azar nos ha encadenado, debe despertar una corriente que, procedente de otros cerebros y otros corazones, electrocute los nuestros; el libro ha de ser, como el mapa y la enciclopedia, un mundo en miniatura. En pastillita, in a nutshell, que diría el príncipe de Dinamarca. Por eso me encanta la última obra de Juan Jacinto Muñoz Rengel.


Ciencias arcanas. Esta tarde, el también escritor y no por ello menos amigo Félix J. Palma presenta en la Delegación del Principado de Asturias en Madrid (Glorieta Ruiz Jiménez, 1) De mecánica y alquimia (Salto de Página), un florilegio de narraciones que cuenta con todos los ingredientes que exijo a la literatura tal y como los he reseñado más arriba y que hará las delicias de almas de mis mismas dimensiones, o con los balcones orientados en la misma dirección. Perteneciente al linaje de Borges, y de Joan Perucho, y de Pablo de Santis, y de Ángel Olgoso, y de Pilar Pedraza, la familia a la que a mí me gustaría pertenecer, Muñoz Rengel descree jubilosamente de ese antiguo prejuicio según el cual el escritor ha de dedicarse a retratar cual objetivo fotográfico la realidad que le circunda, y a limitarse, por tanto, a grabar conversaciones de cafetería y referir chismes. Sus relatos transcurren en la Toledo mahometana del siglo XII, en la Praga de Tycho Brahe, en abadías medievales y el Londres del steampunk: lugares o épocas aprendidos en los libros, que son puertas y pasillos, y que nos pueden conducir a lugares insólitos con sólo abrir las tapas. El título de la recopilación no es baladí. MR nos propone tratar sobre mecánica: sobre cómo colocar las piezas, los resortes, las clavijas y las tuercas de una historia bien montada para que realice su tarea tal y como debe: capturar al lector, cobijarle bajo sus frases durante cierto tramo del recorrido y abandonarlo de nuevo a la lluvia no sin antes dejarle con una sensación de prodigio y gratitud en los labios. Pero MR trata también de alquimia: de qué jugos, y hierbas, y piedras extrañas pueden ayudarnos a reciclar nuestro mundo de todos los días y convertirlo en algo distinto de lo que es, o a descubrir la cara que permanece oculta bajo su aparente color de humo. En este sentido, cada cuento de MR es, como confiesa abiertamente el título de uno de ellos, una lapis philosophorum.


Pasaos por allí. Amigos, aprovechad quienes os halléis en Madrid y no estéis atados por compromisos de sangre, papel o rejas para daros una vuelta por la Delegación del Principado a las 20:00 horas y escuchar a un amigo de las letras que vuelan. Si os dejáis es posible que os lleve au-delà les nuages, a la mismísima Luna, como hizo el hipogrifo con el bueno de Astolfo.

jueves 12 de noviembre de 2009

Ich bin ein Berliner



Berlín

Berlín. A menudo la gente me pregunta de dónde procede este inveterado amor mío por esa ciudad llena de hormigón mal digerido, edificios de cristal y recuerdos que saben a pomelo. Y no sabría contestar muy bien, porque parece que las ciudades, los libros, los signos nos escogen y nos convierten en sus mascotas antes de que nosotros nos decantemos por ellos. Ni siquiera puedo determinar con exactitud cuándo sentí la llamada de Berlín por vez primera, aunque lo cierto es que llevo oyendo su canto de sirena desde hace muchos, demasiados años. Tanto la amaba que me resistía a viajar hasta allí. Porque sucede que cuando la imaginación ha trabajado demasiado un objeto, cuando lo ha pulido, y barnizado, y revisado sus aristas y sus huecos hasta el último milímetro, la colisión con la realidad puede resultar demasiado severa. A saber: el Londres de Heathrow Airport no es el de la niebla victoriana, ni el de Chesterton, ni el de Stevenson; el París de Cortázar sencillamente no existe, salvo tal vez en las fotos de Robert Doisneau; y sobre el Manhattan de Woody Allen mejor pasar de puntillas. En mi interior Berlín crecía, acera a acera, parque a parque, y se iba llenando de viejas universidades neoclásicas, avenidas sobre cuyos tilos se convertía en oro el aire del atardecer, mujeres con anorak, hogueras donde ardían bibliotecas, murallas de cemento, minaretes de metal; el terror casi me paraliza cuando por fin puse el pie en el aeropuerto de Tegel y me enfrenté alo que queda más allá de las fronteras de la fantasía. Entonces supe que no me había equivocado: Berlín me recibió con todo su caudal de símbolos y le añadió unos cuantos más (la Currywurst, el Zoo, el mercadillo de los domingos frente al Pergamonmuseum, la Kastanienallée y más). Me abordó y me sigue abordando un pensamiento que he puesto en palabras alguna vez: no sé qué hace la gente fuera de Berlín.


Criaturas mitológicas. Esta semana he seguido con una distraída complacencia la miríada de imágenes que desde nuestros televisores conmemoraba el derrumbe del muro. He visto lo del dominó, claro, y la enésima repetición de las escenas con martillos y mazas en que el comunismo europeo queda reducido a un montón de escombros. Me ha interesado sobre todo un reportaje que emitieron el martes en la segunda cadena pública y donde se entrevista a personajes a los que ya se interrogó veinte años atrás sobre el significado de la demolición y lo que esperaban de un futuro sin tapias. La mayoría de ellos habían pasado de idealistas barbudos o artistas con abrigo de espigas a padres de familia tripones y quizá aburridos: me dio la impresión de que añoraban aquel sistema tiránico contra el que podían rebelarse, al que podían odiar y que amueblaba, aun en negativo, los ángulos desocupados de sus vidas. Antes, los berlineses del este eran criaturas mitológicas, sirenas, unicornios; ahora son vulgares contribuyentes igual que aquellos que los miraban pasear desde el otro lado de la verja del corral.


Una de ellos. Con todo esto me he acordado, naturalmente, de la única sirena que he tenido ocasión de conocer en persona y con la que incluso he podido conversar. Se llama Jana Simon, tiene los ojos verdes y el cabello negro, y es una de las mujeres más deliciosas, inteligentes, bellas y perturbadoras que he se me ha puesto delante. Se dedica también a la literatura, este oficio de acomplejados. Me enamoré de ella (cómo no) durante un congreso de jóvenes escritores europeos que nos reunió en un pueblecito de los Apeninos, hará ya la friolera de un lustro. No está traducida al castellano; lo que he leído de ella en versiones italianas relata precisamente, con mucha ironía y acaso nostalgia, la vida en aquella república artificial de siderúrgicas y palacios de ópera y su brutal contraste con la realidad que la amenazaba desde el otro lado de una valla. Frente a un mirador que nos mostraba en todo su esplendor los verdes valles de la Emilia, le pregunté qué edad tenía ella cuando cayó el muro (dieciocho) y qué recuerdos guardaba de su derrumbe: me dijo que fue una época maravillosa, la época de las esperanzas, parecida a la madrugada de un niño que aguarda la llegada de los Reyes Magos. No inquirí qué le habían traído a ella; no sé si en casa guardará una cajita llena de oro, de incienso o de mirra. O de carbón.

El fin del mundo. Evocar el muro, evocar la caída del muro, me ha despertado también otras asociaciones. Como la de David Bowie contando en un documental cómo grabó Heroes en Berlín, en un estudio desde cuya ventana se veía el este de la ciudad, y cómo esas calles con el aire gris de una posguerra sin aclarar le prestaban impulso para gritar con mayor brío el famoso estribillo. Hasta ese mismo estudio, animado por aquellos mismos sentimientos de melancolía o miedo, se desplazó también Lou Reed para grabar el disco más turbio de su carrera; naturalmente, Berlin: In Berlin, by the wall, / at a small café, / can you hear the guitar play? / It was very nice. No sé si Berlín será el centro del mundo (para mí lo es, y pasaría confortablemente lo que me queda de vida estudiando a los clásicos en la Alexander von Humboldt, alimentándome de salchichas y visitando tiendas de segunda mano bajo un frío que endurece los dedos), pero lo que sí parece es su final. Hay un curioso cuento de Bioy Casares cuyo título no puedo citar porque no tengo el libro a mano en que el protagonista visita el este durante una breve excursión en autobús (entonces se estilaban aquellos safaris políticos). Se pierde; se interna en callejones que desconoce, el ambiente tétrico le espanta; en casa de un individuo que le ofrece cobijo, halla una puerta; esa puerta, al ser atravesada, conduce a un lugar imposible de otra parte de la ciudad; el protagonista comprende que ha topado con un bucle, un límite, una especie de falla en la topografía del espacio y el tiempo que le revela que el universo también tiene fronteras. Hay muros mucho más abstractos que los que se fabrican con hormigón.